Jazz de aquí mismo

En Soria hemos tenido la ocasión de disfrutar de la música de
José Luis Gutiérrez con otras formaciones en el Teatro Palacio de la Audiencia. Y, en esas dimensiones, el saxofonista vallisoletano es capaz de lograr algo muy difícil: la sensación de cercanía hasta la última fila. Quedan entonces unas enormes ganas de probar lo que puede pasar cuando se tiene la proximidad del artista, lo que ocurre en nuestro lugar favorito para escuchar música afroamericana: el club. Esto lo saben en el templo del jazz en España, el Café Central de Madrid, y por eso eligen a José Luis Gutiérrez, con un plus de tres días más respecto a la semana habitual, para comenzar cada año e incluirlo además como regalo de Reyes.

Si el flamenco tiene méritos sobrados para conseguir la fusión con el jazz en nuestro país, por la que tantos transitan con interés (o interesadamente),
José Luis Gutiérrez ha conseguido algo bastante más difícil, y quizá por eso sigue su trayectoria casi en solitario. Ha encontrado, haciendo gala de una arqueología sentimental entre intuitiva y técnica, qué es lo que había de africano en la fría meseta, susceptible de amalgamar con el jazz. Porque si en la cálida Granada estuvieron los árabes 800 años, también aquí, aunque en menos tiempo, dejaron su huella imperecedera en todas las manifestaciones culturales y, por tanto, en las músicas populares. Y, tras el estruendo machacón de los al-tambores con que los guerreros moros asustaban al conquistado, llegaron en la retaguardia otros ritmos sincopados y otras armonías que venían de África y Asia para quedarse en la península y que, siglos después, un inspirado transformaría en jazz. En una asociación casi imposible nos viene de pronto a la mente la figura de John Coltrane comiendo en restaurantes árabes neoyorkinos donde sonaba música norteafricana, que él admiraba y que influyó en su obra…

Así que
José Luis Gutiérrez tiene su deuda con Agapito Marazuela, pero también –y mucho- con esas verbenas de pueblo castellano donde el frío de algunas noches de verano se combate con el cubata, o arrimándose, o, con suerte, ambas cosas, y suenan el tango, la rumba y el pasodoble interpretados a menudo por anónimos músicos virtuosos y entregados, que saben cómo hacer la noche más alegre del año, tan lejos de climas más ardientes. Con esos elementos JLG no ha desvirtuado en absoluto un genuino lenguaje jazzístico al recorrer su propio camino. Sin dejar de arriesgar, incorporando elementos del free jazz u otros que le vienen en gana, porque, al fin y al cabo y aunque parezca imposible, esto es jazz y la palabra ORIGINAL se impone más que nunca con todos sus sentidos, con todo lo que evoca.